Un día en La Mariposa Edinfa

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Jaime (4 años) y Manuela (18 meses) llegan a las 9. Jaime viene totalmente espabilado, sonriente y se ve que tiene ganas de ponerse a jugar. A penas se despide de Víctor, su padre. Va directo a jugar con su amigo Hugo, que llegó a las 8, y que está enredado con los bloques de construcción en el Aula Montessori. Manuela está menos activa. 6 meses después de conocernos aún me mira con mucha intensidad, como si me estuviera escaneando por completo. Su padre la baja al suelo, me da la mano y nos acercamos juntas al Aula Pikler.

Jaime y Manuela saludan a sus compañeros y acompañantes, cada uno en su aula. Hoy está habiendo muchos abrazos efusivos. Es día soleado y se ve que nos ha llenado a todos de energía.

Hoy hacemos un círculo rápido en el aula Montessori. Jaime nos enseña una muñeca de trapo que ha traído. Despierta el interés de algunos de sus compañeros, quienes recuerdan que en el aula hay más muñecas y, sin más, se ponen a jugar con ellas. Un grupo más reducido prefiere acercarse a la estantería del material de arte, cogen el papel,  sus pinturas, rotuladores y acuarelas de forma ordenada para sentarse tranquilamente y expresar con sus dibujos lo que sienten. Otros amig@s prefieren hacer la propuesta de Laura con el material Montessori y eligen las cartas y figuras de animales, con las que pasan buena parte de la mañana clasificando, ordenando los ciclos de vida, escuchando las explicaciones de Laura, etc.

Mientras tanto, en el Aula Pikler, Manuela ha disfrutado mucho de las canciones de primera hora de la mañana y ya está escalando y deslizándose por la rampa. Va más rápido que Carmela, que también quiere probar la rampa. Pero Manuel , que está muy centrada en lo que está haciendo, no se da cuenta de que ya ha pisado dos veces a Carmela y la segunda vez le ha hecho daño. Me acerco a hablar con ellas y recibo otra vez por parte de Manuela esa mirada intensa. Me ha entendido, sé que me ha entendido. Le da un abrazo a Carmela y sigue subiendo y bajando la rampa. Carmela decide marcharse a probar los cajones de madera.

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A las 10:30 comienza el tiempo del almuerzo. Hoy Manuela tiene  para elegir pera y mandarina, acompañado de leche de avena. Prefiere la pera, está claro. Coge un pedazo y al mismo tiempo pide leche para acompañarla con una tortita de cereales. Está tranquila disfrutando con el resto de los amig@s de éste momento de calma. Cuando termina tiene mucha prisa por volver a jugar, y se da cuenta que tiene que lavarse las manos y dejar el babero y el plato sucio con el vaso en el cajón.  Me extiende las manos y con su mirada me pide ayuda para subirse las magas y meter las manos en el agua. Rápidamente, se las seca porque no puede esperar más, necesita jugar y moverse libremente.

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Hoy a Jaime le toca pelar y partir la fruta. Sus compañeros han elegido plátano y mandarinas. Mientras él se esmera en cortar un plátano en pedazos pequeños, otros compañeros ponen la mesa. Jaime lo tiene claro: quiere un tazón para servirse leche de almendras y mezclarlo con copos de avena y trozos de plátano, que es por eso por lo que lo ha cortado tan pequeño. Lo devora y ayuda a recoger.

El aula de Manuela se va al parque y ella va en busca de su hermano para ir juntos, pero Jaime tiene claro que se quiere quedar porque la actividad que ha propuesto hoy Laura le tiene entusiasmado. Manuela se va enfadada. Se le pasa rápido. La arena es mágica para ella, es tocarla y, automáticamente, se conecta con la tierra y se dedica a disfrutar y experimentar, esta vez, en compañía de Gabriel que también es un apasionado de la arena.

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Jaime ha ayudado en casa a hacer el cuento de su vida. Son historias contadas a través de fotografías, desde el día que nació hasta que cumplió tres años. Él quiere contarlo y compartirlo con todos los amigos.

El cuento de la vida de Jaime es un éxito. Se escuchan aplausos y risas al terminar. Se arremolinan entorno al cuento para ver con más detalles las fotos que acompañan   a su historia.

Ya son las 12:45 y es hora de ir despidiéndose. Los pequeños están en su aula y hacen un círculo de despedida. Los mayores también. Los que se marchan a comer a casa, salen del aula para buscar sus abrigos y zapatos. Ya ha llegado Marian, la madre de Jaime y Manuela, que se sienta en la entrada a darle el pecho a la pequeña mientras Jaime le cuenta entusiasmado y con mucho detalle cómo ha sido el cuento de hoy.

El rato de la una a las cuatro se pasa en un suspiro. Todos colaboramos en el preparado de la comida. Se nota que hoy el día ha sido intenso. Todos duermen la siesta. Descansan para procesar todo lo que han vivido.

No hemos salido tan mal… ¿o sí?

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Hay una frase recurrente que dicen personas que juzgan la forma de crianza de otras: “Conmigo no lo hicieron así y no he salido tan mal”. Esa frase sirve para cuestionar la lactancia prolongada (o la lactancia en sí misma), el colecho, el porteo, etc. Con ella también se justifican los gritos y los azotes a tiempo, entre otros.

Esa frase es una falacia. No se ajusta a la realidad. Desde aquí no vamos a decir que esas personas hayan ‘salido mal’. Nuestra pretensión no es juzgarlas ni juzgar la crianza que recibieron. El objetivo de este post es reflexionar sobre esa creencia. Y vamos a empezar por darle la vuelta a ese planteamiento: seguramente no has ‘salido tan mal’, pero ¿has alcanzado tu máximo potencial? Ahí está la clave, en cómo planteamos el asunto. Esta idea la recogemos de Elena López, De Monitos y Risas.

Hoy nos vamos a centrar en la lactancia y el contacto, dos elementos centrales de lo que se viene a llamar crianza con apego o crianza natural. Pero en realidad, son dos elementos clave que han hecho que el ser humano llegue hasta a aquí. La ciencia ha demostrado que la lactancia favorece el desarrollo neurológico, así como el contacto piel con piel ininterrumpido tras el nacimiento.

La lactancia materna cumple un factor fundamental en la mielenización de las conexiones neuronales. Cuando nacemos, nuestros nervios nacen sin mielina, una sustancia que los protege y hace que la transmisión de impulsos nerviosos sea eficaz. Poco a poco vamos generando mielina para recubrir los nervios y la mayor fuente la encontramos en la leche materna. ¿Quiere decir esto que si no tomamos leche materna nuestro sistema neurológico no tendrá mielina? No. La generaremos, pero no será de la misma calidad.

El contacto piel con piel entre una madre y su recién nacido es fundamental en las primeras horas de vida. El cuerpo del bebé está preparado biológicamente para ser arrullado por su madre. Los estudios del neurocientífico Nils Bergman demuestran que los bebés que no han sido separados de sus madres tienen las constantes vitales estables y, sobre todo, unos niveles de cortisol y oxitocina equilibrados. Tener altos niveles de oxitocina al nacer prepara al cerebro del recién nacido para afrontar el mundo desde la seguridad y no desde el miedo.

El bebé seguirá necesitando contacto, ya no tan continuado, los primeros meses y años de vida. Podemos ofrecérselo mediante el porteo, el masaje o el colecho. Esto hará que su sistema endocrino esté equilibrado. Mientras siga sintiéndose seguro, su organismo estará receptivo a estímulos que podrá procesar con eficacia. Si el miedo se instala, ciertos mecanismos se bloquean, por lo que perdemos oportunidades de aprendizaje y podemos llegar a generar mecanismos emocionales poco saludables para afrontar el día a día.

A las personas que dicen “no hemos salido tan mal” les preguntaríamos qué mecanismos tienen para afrontar las situaciones de estrés. ¿Alguna vez se ven desbordados? ¿Han sufrido ansiedad o depresión? ¿Han necesitado terapia, medicación o herramientas de crecimiento personal? Les invitamos a que busquen las respuestas a estas preguntas en su primera infancia.

Dicho esto, ¿puede nuestro organismo conseguir nuestro máximo potencial sin la lactancia y el contacto? Por supuesto, durante el transcurso de nuestra vida, podemos compensar ciertas carencias y trabajar algunos aspectos que nos acerquen a ese máximo, pero en los primeros meses de vida se ponen los cimientos de nuestro equilibro neuroendocrino y es algo que no debemos perder de vista.

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